- Iván, sé que tus intenciones son buenas pero debes ser más razonable- La voz del anciano era agradable y tranquila, y se sonreía de orgullo al escuchar a su nieto. Iván, un pequeño rubio de unos diez o doce años, lo miraba atento y en silencio. La habitación en la que estaban era luminosa a pesar de las ventanas polvosas y el aire viciado con el humo de la chimenea.
- ¿Te conté alguna vez la historia del vendedor de panes de raíz?- El niño negó con la cabeza tratando de poner atención a lo que seguía.
- El vendedor de panes de raíz era un comerciante exitoso. Su éxito recaía en el pan que vendía, hecho con una receta única y secreta que lo hacía ser un pan fresco por mucho tiempo.... Oh, perdona, no me di cuenta que ya es hora que comas algo. Ahí, en el estante. No, el de la izquierda.
El niño volvió a su lugar en el suelo con una caja entre las manos y una galleta entre los dientes.
- Como decía, el vendedor era exitoso. Había podido construir su propia fábrica de pan, un taller cerrado bajo tres llaves que siempre llevaba consigo. Y su materia prima la buscaba personalmente en un bosque cercano a la ciudad donde vivía.
"Un día, se dio cuenta de que la miseria de la guerra llegaría a la ciudad en poco tiempo. Lo vislumbró al notar la caída de sus ventas. Aún así, no se desanimó. Como hombre joven y emprendedor que era tuvo una idea nueva de negocio. Compró un carro y lo llenó hasta el tope de panes de raíz. Cargó sobre una mula dos barriles con agua y se preparó para el largo viaje. Su objetivo era vender sus productos en pueblos con mejores suertes y regresar nuevamente a hacer más.
El niño bostezó hasta soltar lágrimas. No estaba aburrido, sabía que detrás de la historia su abuelo intentaba decirle algo importante, siempre era así, sólo que el atardecer se iba acabando y en su pequeño cuerpo comenzaba a caer el cansancio de un día arduo de entrenamiento en la plaza del castillo.
- ¿Entrenaste duro hoy también? - el niño asintió con la cabeza, devorando la última galleta de la caja. - Seré breve entonces.
"El hombre llegó al primer pueblo y se sorprendió mucho. Una gran miseria lo asolaba. Los niños se le pegaron al carro y le pedían una porción de su carga, pero claramente no podían pagarla. El hombre se compadeció de ellos. Presta atención, Iván, se compadeció de ellos. Y les regaló una parte de lo suyo pensando en que podría elevar el precio en el siguiente pueblo y recuperar lo donado.
"En el segundo pueblo sin embargo, sucedió algo similar. La pobreza era extrema, y los pequeños desnutridos y sus madres agradecieron mucho al hombre por su buen gesto. Ya poco quedaba por vender, pero intentaría llegar a la siguiente ciudad, al menos para ver si valía la pena volver con el carro nuevamente.
Iván se dormía, recordaba a su instructor en el castillo "De prisa, otra vez, ahora hacia la derecha".
-... Pero el hombre no logró llegar a la ciudad, Iván- su abuelo había levantado la voz haciendo que se despierte. No sabía cuánto de la historia se había perdido - Murió de hambre en el camino, porque había regalado hasta su última porción. ¿Entiendes?
Iván era un joven inteligente y hábil, su silencio se debía a la forma de ser de su abuelo, que él conocía muy bien. No debía contestar a menos que se lo pidiese, ni dar opiniones contradiciéndolo.
- Sí, abuelo, entiendo lo que quieres decir.
- Uno no debe darlo todo por más buenas que sean sus intenciones. Si no guarda nada para sí, no podrá volver a fabricar más para los demás. No lo olvides.
- No lo haré.
Alguien llamó a la puerta. Un guardia real entró anunciando que era hora de volver. El niño saludó cariñosamente al viejo y se abandonó la casa. Fuera lo esperaba un carruaje y varios soldados que lo escoltarían al castillo.
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