jueves, 30 de octubre de 2014

La mujer viernes

Para Alejandro

>>>Chopin para jugar

Manuel llegó a su casa a eso de las seis, como todos los viernes. Dejó su maletín sobre la silla junto a la puerta, una silla que hacía las suertes de perchero. Sobre ella dejó su saco y debajo de ella sus zapatos.

En medias, caminó hacia la cocina, aunque la cocina y el comedor formaban una sola habitación separadas sólo por una gran mesada de mármol de granito gris.

La casa, iluminada por las grandes ventanas, se llenaba de un sol de primavera que inundaba toda la habitación y acompañaba al hombre en sus tareas. Preparó café. Sentado en su sillón, luego, leyó el diario mientras merendaba.

Al terminar, lavó los platos, ordenó cada cosa en su lugar y se preparó para su juego.

Tenía un gran equipo de música, grandes parlantes en las esquinas del comedor. Puso a Chopin y deslizando sus medias de lana bordó sobre el piso de parquet se colocó en el centro. Con sus manos enrolló un pañuelo negro y se lo llevó a los ojos. Quedó vendado escuchando la música en silencio, la música que borraba el sonido de los autos de la avenida, de la vecina del departamento de arriba, que llegaba clavando zapatazos sobre el suelo, el sonido de las cosas.

Una vez que se sintió totalmente envuelto por el vacío lleno de sombras traídas por notas de un piano que resonaba en sus parlantes, comenzó a saltar. Primero hacia su derecha, arrebatando el aire entre sus manos, como queriendo atrapar dentro de sus dedos la brisa invisible.

Así se pasaba los ratos de sus viernes. El sol se hundía detrás de edificios que no existían para él en ese momento y lo dejaba solo. Solo, arañando el aire...

Todos los viernes hacía la misma rutina, su café, el sol, la música, la venda y su juego. ¿Qué buscaba? Todos los viernes parecían decir lo mismo, el hombre solo en su casa, cegado por sus mismas manos, tanteaba el aire buscando quién sabe qué. Pero él lo disfrutaba, por momentos hacía pausas como si escuchase, como si alguien lo esquivara en sus intentos por atrapar y él intentase adivinar hacia dónde se había movido su presa.

El verano pasado, sin embargo, fue distinto...

Manuel llegó a su casa a eso de las seis, como todos los viernes. Dejó su maletín sobre la silla junto a la puerta, esa silla que hacía las suertes de perchero. Sobre ella dejó su saco y debajo, sus zapatos.

Preparó café y, leyendo el mismo diario que leía siempre, el diario del sábado 18 de Octubre de 2008, merendó. Lavó los platos, puso música de Chopin y, descalzo, se vendó los ojos.

Comenzó a caminar dando vueltas, extendiendo los brazos de imprevisto, tomando el aire entre los puños, saltando, abrazando la nada en la soledad de su comedor.
En uno de sus eléctricos ademanes, sintió rozar con los dedos una seda suave que no reconoció al tacto. ¿Serían sus cortinas? Se quedó inmóvil, como escuchando,  titubeó. Acercó la mano nuevamente para intentar tocar las cortinas, pero halló sólo aire. Continuó...

En una nueva ocasión, luego de varios saltos y vueltas, chocó su mano contra algo suave y cálido que no logró volver a encontrar. Se rió de sí mismo, estaba entusiasmado. Continuó buscando, como todos los viernes, extendiendo sus brazos y dando vueltas, tratando de cubrir el mayor espacio posible para no dejar espacio a escapes, y reía con la nariz apuntando al techo.
Mezclado con el sonido de su risa y el tintinear de la música, creyó oír pasos a su derecha. Al gritó alegre de "Te encontré" saltó hacia el costado abrazando el aire. Oyó una risa a su izquierda, una hermosa risa femenina que se divertía. Él caminó en silencio, queriendo descubrir la posición de tan alegre compañía, transpiraba y reía, buscando.

Así continuó largo rato, rozando con sus dedos vestidos de seda, oyendo pasos que lo esquivaban en sus intentos de atrapar, disfrutando de risas de una mujer invisible...

Se hizo tarde, entrada la noche, estaba exhausto y tenía hambre. Se irguió, y hablando como si una compañera de juegos lo oyera, dijo en voz alta:
- Es tarde, seguimos luego- Llevó sus manos a la cara y se quitó la venda. Caminó despacio hacia el equipo de música y lo apagó. Era tarde para cocinar, así que preparó un sándwich y luego de la cena, se fue a la cama.

miércoles, 30 de abril de 2014

La luz de su adiós

Un peculiar sujeto se movía variablemente por su universo tridimensional. Oscilaba entre vientos y mareas provenientes de motivos que desconocía, la vida los traía y él se adaptaba, a veces con esfuerzo, a veces sin él. Su existencia era bastante monótona: los días pasan, los cuerpos crecen, los sueños se persiguen y volvemos a dormir hasta otro día u otra noche.

Una noche, sin notarlo, se introdujo en un extraño país al que llamó "El país de los que no se conocen". Un gran dirigente, sentado en su trono conducía el país por oscuros caminos, a veces de modo acelerado, a veces más calmado. En ese país, los habitantes no hablaban entre ellos a menos que quisieran trasladarse de un sitio a otro y necesitaran que les despejen el camino. Los inmigrantes debían pagar tributo para ingresar y todo el tiempo llegaban más y más habitantes, que luego se alejaban y salían del país antes de que les llegara la muerte. Todos convivían pero aparentemente se ignoraban entre sí, sin mirarse a los ojos. Mirarse a los ojos parecía estar prohibido.

 Nuestro peculiar sujeto, un tipo sin más ambición que el día a día, encontró en ese nuevo país algo que no había visto nunca antes, un tesoro, pensó él, que estaba en las alturas de ese extraño cielo, y que elevado por sobre las cabezas de los mortales, iluminaba toda la región. Se enamoró de su luz, su brillo, su calidez y quiso poseerlo, llegar a él y apoderárselo. Un infinito amor lleno de codicia llenó su pequeño ser.

Se acercó todo lo que pudo al inmenso techo de ese micromundo finito y mientras más cerca estaba de esa luz más se enamoraba de ella. Era mágica, con el resplandor de mil estrellas lejanas traídas por un dios pagano a los hombres y mujeres que habitaban el País de los que no se conocen. Por fin llegó lo más cerca que pudo a su tesoro anhelado, un campo de fuerza transparente evitaba que los pequeños del mundo pudieran tocarlo. El tesoro estaba resguardado en una jaula que en realidad encerraba a todos los demás vivientes privándolos de la libertad de la luz, como si la malicia del arquitecto lo hubiera colocado a la vista de todos para que quisieran tenerlo pero nunca llegar a él.

Golpeó la barrera que lo alejaba de su tesoro amado tantas veces como pudo. Dio vueltas pensando, tanteando, buscando una entrada, una puerta secreta, algo. Nacía en él la esperanza de que existiese alguna forma de entrar y hacerse uno con esa luz que comenzaba a sentir suya. Se fatigaba buscando, pero pudo encontrarlo al fin. Casi en el límite del mundo la barrera terminaba y dejaba ver la luz en toda su belleza. Nuestro pequeño personaje estalló de entusiasmo al admirar su tesoro desnudo frente a sus ojos y se lanzó hacia él a toda velocidad.

Un ser inerte, pálido pero con la calidez de la vida, regalaba la luz y el calor gratuitamente a todos los habitantes de ese país donde los habitantes ignoraban todo lo que sucedía en esos instantes. Nadie se dio cuenta de que un inmigrante ilegal, que no pagó tributo, se había acercado a su sol y había traspasado la barrera invisible que encerraba ese tesoro el cual los alejaba de las tinieblas. Es que estaban muy ocupados en esquivarse las miradas, en mirar hacia cualquier lado, en sus propios pensamientos y sus mundos mentales de ideas y preocupaciones. O quizá sabían que quien lograba entrar al interior de la barrera tenía muy pocas posibilidades de escapar, quizá sabían que luego de varias generaciones de inmigrantes que llegaron y se fueron, el ladrón seguiría ahí, hipnotizado por la belleza hasta padecer hambre, y que cuando quisiera salir, la desesperación lo llevaría a recorrer otra vez la barrera invisible pero en lugar de ver la luz del mundo de abajo vería a los anteriores ladrones muertos, amontonados unos sobre otros, resecos de hambre y sed o cocinados lentamente por la calidez amistosa de su luz amada, y que aunque escarbara entre los cadáveres del pasado, terminaría como ellos y como los que vendrán después, enamorados de una luz que no los reconocía en una jaula donde ellos mismos se metieron.

Así me pasó con vos, Laura. Hice todo lo posible para romper esa barrera tuya que te alejaba de los demás, y cuando llegué a tu corazón, cálido y resplandeciente, no me reconociste y me dejaste morir, porque yo no pude volver a salir de este amor...

domingo, 2 de marzo de 2014

La ex esquina

http://www.youtube.com/watch?v=4ADh8Fs3YdU&feature=kp

Viento mañanero golpeó su ventana insistentemente y pareció encender la alarma del despertador, porque este comenzó a llamar con fuerza. Matías despertó desconcertado, hace un instante estaba lejos, en la playa que alguna vez visitó y de pronto se encontró en su cama. Al darse cuenta que fue un sueño, se enfado al pensar que otra vez debería pasar por "esa" esquina. Esta idea lo acompañó toda la mañana hasta que salió de su casa.

Se vistió despacio, desayuno despacio y frente a la puerta esperó para salir, no quería ver de nuevo ese lugar que tanto le molestaba. Tanto era así que una mañana había evitado esa esquina rodeando toda la manzana, lo cual le pareció absurdo por la tarde.

Al fin salió, con la vista fija al suelo y la cabeza mirando hacia esa esquina.
Media cuadra antes de llegar a ella, se detuvo en seco. La miró de lejos y pensó. Estaba harto, harto de pasar por ahí todos los días, de ver lo que había allí, de recordar lo que ese lugar le recordaba todas las mañanas de todos los días desde hacía varios meses.

Una lágrima le acarició la mejilla izquierda enfriándolo; apretó los dientes, cerró los puños y se rió de sí mismo: no podía avanzar. Quería gritar, odió el mundo y a sus habitantes y a los vecinos que decidieron instalarse allí, en su barrio. Quedó petrificado un instante. Al tiempo vio que el colectivo que tenía que tomar se acercaba a la parada (a dos cuadras) y se lanzó al trote rápidamente, olvidando su odio, sus lágrimas y su cansancio.

Esa fue la última vez que pasó llorando por allí.

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Por la tarde volvió decidido, no quería sufrir de esa manera absurda ningún otro día de su vida. Fue hasta esa esquina con el ceño fruncido, como enojado, y la miró largo rato. Ahí estaba, la casa contaminando con su blancura el grisáceo del barrio, los dos árboles, que se levantaban como pilares de un portal, ensuciaban el aire con su olor a eucalipto, y en el medio de ellos, una ermita vacía, sin una figura dentro, pero con una inscripción llena de falsedad y dolor.

Suspiró, volvió la cabeza y giró su cuerpo en dirección a su casa. Se alejó.

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Tarde a la noche, oscuro frío de un triste otoño lo bañaba completamente y le helaba el aliento, una capucha cubría su cabeza y su mano se aferraba firme al mango de una maza. En sus oídos sonaba Queen cantándole al oído "Show Must Go On". No quería pensar, ni escuchar, ni detenerse. Sabía que estaba equivocado, sabía que estaba triste y sabía que lo que iba a hacer no cambiaría su realidad, pero aún así siguió adelante.

Llegó a la esquina y se lanzó sobre la ermita, la escupió y la odio como nunca. Tomó su arma con ambas manos y la dejó caer fuerte y rápido haciendo estallar entrañas de cemento y ladrillo que caían sangrando polvo: estaba asesinando una parte de él.

Matías lloraba mientras destrozaba cada trozo que caía, rompiendo la ermita, su pasado y su pena. Las lágrimas le nublaban la vista y le salaban la boca abierta, tenía la nariz tapada y le costaba respirar.
Antes de destruirlo por completo, pudo ver lo que tanto sufrimiento le causaba, el motivo de que esa noche del viernes doce de abril estuviera ahí, gritando como un loco y rompiendo impunemente algo que no le pertenecía pero lo sentía propio. En una parte de la ermita que cayó entera al suelo, pudo leer bien claro y en azul "MATIAS TE AMO SOL".

Una sirena de policía sonó a lo lejos y una luz se encendió dentro de la casa, Matías soltó la maza y corrió a su casa asustado, perdido en confusos recuerdos felices rotos.


martes, 28 de enero de 2014

Fiesta. Inicio

Agustín está pensando en acercarse y hablar, hace años que se conocen pero nunca se animó a decirle lo que siente. Esta fiesta es una buena oportunidad, o eso le hace pensar el alcohol, buen consejero de tímidos y cobardes. Él duda, tiene miedo, le transpiran las manos y puede escuchar cómo se le salta el corazón del pecho. Da unos pasos hacia ella que está de espaldas, pero se detiene. "Todavía no" piensa en sus adentros, aunque más adentro su corazón grita "¡Ahora!" como si corriera en una batalla. Se voltea y vuelve a su rincón.

Malena se acomoda el pelo detrás de la oreja mientras sus ojos miran de costado a través de todo el salón. Allí, del otro lado, está él, no sabe su nombre pero quiere averiguarlo. Sus amigas en ronda a su alrededor hablan de cosas sin importancia, ella se lleva el vaso a la boca y mueve la cabeza en señal de afirmación, no tiene ni idea de qué dicen.

Damián está celoso.

Lorena habla y habla sin parar, la música no está muy fuerte y eso se lo permite. Está contenta, feliz, se siente el centro y las demás le responden. Es la primera vez que puede conversar con su "grupo de amigas" de esa forma. Contó lo de su primo, contó de la vez que viajó a Chile y de un montón de cosas de su vida que siempre quiso compartir.

Romina y Augusto están en una esquina esperando el colectivo. No se miran. Él intenta establecer alguna charla, con frases como "¿Y vos de dónde la conoces?" o "¿Qué calor no?", lo cual le hace fracasar terriblemente. Siente que ella lo detesta por ser un idiota. Se mira los zapatos y piensa "¡Zapatos!, tendría que haber venido en zapatillas". Se desaprueba en su totalidad.
- Ahí viene - dice Romina cortando el silencio incómodo que la mantuvo irritada. Ambos se suben al colectivos casi vacío y él piensa: "Van a ser diez minutos de viaje insoportable".

La fiesta transcurre sin mayores sobresaltos, es temprano y de a poco se va llenando el salón. La música "Tecno" no invita a bailar para nada. Las luces tenues generan cierta intimidad.

-¿Y?¿No te vas a acercar?- le pregunta Franco a su amigo.
-No, todavía no, es temprano. - contesta este sin mucho entusiasmo.
-Bueno, pero hacelo, hagamos una apuesta- a Franco se le ilumina la mirada.
-¿Qué apuesta?.
-¿Ves esa chica de allá? - señala a una chica rubia de vestido rosa apoyada en la pared- Bueno, si consigo que me de un beso, vos le decís todo lo que te pas...
-¡No, ni loco!- lo interrumpe su amigo.- Voy a perder-. Franco se ríe:
-¿Por qué?... Dale, ni la conozco a la mina.
-Pero yo te conozco a vos. No, no hay trato.

-¿Vos estás re bien con Lucho, no? Siempre se los ve juntos de acá para allá.
- Si, puede ser.
-¿Hace cuánto que están saliendo ya?¿Como dos años, no?
-Un año y dos meses casi.

Un chico de unos doce años se sube al colectivo y comienza a repartir entre los pasajeros libros de cuentos. Augusto está contra la ventana, así que no recibe ninguno, a Romina le dejan uno en el regazo. Ella lo hojea y se despierta instantáneamente un sentimiento compasivo, mezcla de ternura y lástima, hacia su acompañante.
- ¿Me comprás este libro?- lo mira a la cara por primera vez desde que se lo encontró en la parada del colectivo. Está muy mal peinado, pero tiene ojos verdes. Lo nota medio triste, por lo que le regala una sonrisa.
-¿En serio querés ese libro?- le pregunta con sorpresa, la sorpresa enorme que le causó su cambio de actitud.
- Sí, no traje plata - dice Romina. Previendo una negativa, agacha sus cabeza para que él la vea como desde arriba, sacude sus pestañas y le hace puchero. Todo perfectamente realizado antes que él conteste.
- ¡Ja! No hace falta que me hagas esa cara- su risa despectiva la sorprende.

- ¿ Te lo presento? Te vi que lo estás mirando, es el primo de mi sobrina, es un parentezco raro, después te explico- Malena quiso formular alguna palabra en su defensa pero no tuvo tiempo de contestar- Dale, vamos. - Es tomada del brazo y acompañada a través del salón.

Todos en el salón están dispersos, esperando, no pasa demasiado pero la noche promete mucho. Las bebidas están bien frías y el DJ no le está prestando atención a la música lo cual le da esperanzas a los invitados. Continuará...