martes, 17 de diciembre de 2019

La sala de las velas

Mi maestro era un hombre de edad avanzada. Él siempre dijo que comenzó su camino verdadero ya de grande, y que había aprendido mucho, pero tuvo que desaprender mucho más.
Un día me enteré que fue un hombre de buena posición, estable y que disfrutaba tranquilamente de sus bienes, con mucha paz y sin demasiadas preocupaciones. Luego, inexplicablemente, había dejado todo para iniciarse en lo que los demás llamaban "el camino de la sabiduría". Y realmente se lo consideraba un sabio en el tiempo en que lo conocí.

Cuando le pregunté qué lo había llevado a esa decisión sucedió lo siguiente:


- Cierra los ojos, y mantenlos cerrados hasta que te lo diga - me dijo y obedecí - Yo te guiaré - añadió.
Con mi mano en su hombro lo seguí a ciegas por el bosque. Era de tarde y hacía calor.

- Cuidado, hay unos escalones - me advirtió y me ayudó a subirlos. Oí una puerta que se abría y si bien tenía los ojos cerrados, pude sentir como todo se oscurecía. Había olor a cera y estaba fresco. Cerró la puerta detrás de nosotros y pude sentir que atravesábamos unas gruesas y pesadas cortinas.

- Aquí puedes sentarte - mis manos tocaron una almohada en el suelo. Me senté - Ya puedes abrir los ojos.

Lo hice pero no noté diferencia, ninguna luz se colaba en la habitación.

- Afuera es de día en este momento. El sol brilla fuerte, ilumina y da vida a todo el bosque - oía su voz frente a mí a unos pocos pasos, noté que también se había sentado.

- Sin embargo, aquí, esa luz no llega, venimos de ella, la conocemos, pero quedó atrás. - continuó - Sin embargo...

Un pequeño destello frente a mí me sobresaltó y seguidamente una vela muy fina en el centro de una mesa entre nosotros comenzó a iluminar la sala en donde estábamos. No era la única, había decenas, quizá cientos de pequeñas velas sobre una mesa ancha y baja.
Algunas velas eran nuevas con su cabo inmaculado, otras estaban muy usadas, hasta había algunas que sólo eran una mancha de cera sobre la mesa, pero de todas sólo una brillaba, llameando, esforzándose por rasgar la oscuridad desde su pequeñez.

- Sin embargo aquí, en este cuarto a oscuras, podemos iluminarnos con una pequeña llama. Una porción de esa gran luz del exterior. Y si bien este cuarto deja de estar en tinieblas, una pequeña vela no es suficiente para iluminarlo todo. Gracias a Dios...

Tomó la vela encendida y la acercó a una de las más cercanas que se encendió y comenzó a brillar.

- ..esta luz puede multiplicarse, puede contagiarse y cuando dos velas se encienden iluminan mucho más.
" Pero cuidado, ninguna de ellas brillará en este cuarto para siempre. Su tiempo es limitado - hizo una pausa - Es necesario encender otras.

Tomó ambas velas y encendió unas cuantas. La claridad aumentó notablemente, incluso pude distinguir los extremos de la mesa a mi derecha y a mi izquierda.

Mi maestro se quedó unos segundos en silencio mirando las pequeñas llamas que iluminaban la sala.

- Mira - me señaló una de las velas más gastadas que había encendido. Ya casi no quedaba más que una mancha derretida y al instante se consumió por completo.

- Esta ha brillado todo lo que ha podido, ya no volverá a iluminar nunca más este cuarto. Y así sucederá con las otras que están encendidas - y las señaló pasando su mano por encima de ellas.

- Cuando la última vela encendida se apague este cuarto volverá a estar en tinieblas y ya no tendrá nada de la gran luz que está afuera. - guardó silencio unos segundos, admirando las pequeñas velas entre nosotros.

- En este mundo hay personas buenas, buenas de verdad. Son como llamas que desgarran hasta la oscuridad más densa. Iluminan con su presencia y hasta curan con sólo hablar con ellas.
"Yo tuve el agrado y la bendición de conocer a algunas cuando ya era grande. Lamentablemente, esas personas no viven para siempre, y cuando dejan este plano hay menos luz en el mundo.

Guardó silencio casi un minuto. Quise hacerle una pregunta, pero me hizo callar con un ademán sin apartar la vista de las pequeñas velas que se consumían. Pasó el tiempo y comprendí cuando la segunda velita se consumió por completo y se apagó.

Continuamos en silencio, viendo cómo se consumían una a una y el cuarto volvía a estar en tinieblas. No pude evitar entristecerme un poco.

Cuando sólo quedaba una volvió a hablar.

- Al conocer a esas personas me enamoré de su brillo, me admiré de su encanto, me inspiraron a querer ser como ellos, me contagiaron su luz - tomó la única vela encendida de la mesa y la sostuvo a la altura de sus ojos con el brazo extendido para que yo la viera.

- Desde entonces, hago todo lo que está a mi alcance para ser luz que ilumina, para contagiar alegría, para dar Amor.
"Sé que mi tiempo es limitado, y que cuando la última luz se apague sin haber podido contagiar a nadie más, el cuarto quedará en tinieblas - dijo y sopló.

lunes, 16 de septiembre de 2019

Para escuchar a Dios

Una mujer muy devota escuchó acerca de un viejo curita ya jubilado que vivía en las cercanías de su casa. Un día se le ocurrió visitarlo debido a una gran pregunta que la incomodaba.
Luego de las presentaciones, la mujer sin vueltas preguntó:
-¿Cómo puede una conocer la voluntad de Dios en su vida? ¿cuál es la voluntad de Dios en cada momento de mi vida? Y me refiero, fuera de la iglesia.

El curita sonrió y le dijo:
- Mi niña, creo que usted sabe la respuesta, pero le diré: La primera voluntad de Dios es que hagamos el bien y evitemos mal. Y es por eso mismo que ha depositado en lo más profundo de nuestra conciencia esa ley interior que nos invita a buscar esos objetivos en cada uno de nuestros actos.
Así, Dios nos habla desde esa ley interior, Dios nos habla desde nosotros mismos.

- ¿Y cómo hago para escuchar esa voz?- preguntó la mujer.

-Si uno se propone ser un buen profesional, debe prestar atención a las lecciones, a las clases o charlas. Se precisa de una escucha atenta y silenciosa. De la misma manera ocurre con esa voz interior de Dios que nos habla a cada momento.

La mujer sonrió:- Entonces padre, ¿sólo tengo que prestar atención y estar en silencio y podré escuchar?

-Exacto. Busque estar en comunión con Dios a través del silencio interior y Él le hablará desde el corazón.

La mujer agradeció su consejo al curita y se fue contenta y esperanzada.
Sin embargo, a los pocos días volvió a visitar al curita con cara de resignación.


-Padre, he encontrado muchas, demasiadas dificultades para percibir esa voz interior de Dios que nos habla.

-Cuéntame, mi niña, ¿por qué dices eso?

-POrque no he podido encontrar silencio fuera de la iglesia. ¿Cómo escuchar la voz de Dios cuando en todos lados reina el rumor, el barullo, el ruido? No encontré silencio para mis oídos, silencio para mis ojos, ni mucho menos un silencio interior.

-¿Cómo ha podido ser eso? Explícame, por favor, qué te ha pasado-el curita escuchaba tranquilo y atento lo que le decía la mujer.

-¡Ay, padre!¡Cómo invaden el interior las imágenes, los anuncios, la publicidad y la televisión haciendome incapaz de poder calmar la mente para abstraerme, escuchar y meditar! ¡Cuánto lugar ocupan en la cabeza canciones, estribillos, música…! ¿Conoce esa canción que dice "Te pintaron pajaritos en el aire, te juraron falso amor y lo creiste"?

El curita rió - La verdad que no, hija. No salgo mucho.

-Bueno, yo estoy cansada de escucharla ya. ¡Cuánto ruido a los ojos, a los oídos, en el interior! ¿Sabe qué me di cuenta? Parece que hay una cierta incapacidad de vivir sin imágenes, sin sonidos; parece que se tiene miedo al silencio, miedo, en definitiva, a Dios.

-M'hijita, si escucharan a Dios, todo sería más colorido, más bonito. NO hay por qué temerle al silencio.

-Lo se, padre. Pero se hace difícil. Es más, parece ya irreversible, esa renuncia al silencio está plasmada en los anuncios que pululan por las avenidas, en la televisión, en las paredes; reflejada en el afán excesivo y obsesivo de permanecer conectados a internet, a las redes sociales; la música siempre presente en coches, remises, casas, en los auriculares cuando viajamos, y hasta en las salas de espera en clínicas y consultorios. Y también esa renuncia al silencio manifestada en el uso constante e innecesario de teléfonos celulares. Si hasta incluso yo cuido que mi celular no se quede sin batería como cuido de que a mi hijo no le falte nada. 

-Tranquila, no todo está perdido.

-¿Usted cree que hay algo que pueda hacer?¿O debo resignarme enterrar esa voz dentro de mí?

-De ninguna manera hay que resignarse- contestó el curita lentamente- No tema, la gente podrá no querer escuchar a Dios, pero Él es paciente, y nunca se cansa de golpear a nuestra puerta. Sólo hay que adquirir la virtud del silencio.

-¿Qué es la virtud del silencio, padre?

-La virtud no es maś que el trabajo basado en la adquisición de buenos hábitos. Por eso, debe buscar el silencio de los ojos, que invita a ver lo que necesariamente se debe ver y no lo que pueda robarnos la paz o causar que distraiga la atención de lo esencial. También, el silencio de los oídos que nos motive a prescindir de la música, de los ruidos y los malos pensamientos, para poder estar atentos a esa sonora voz que quiere retumbar en nuestro ser y orientarnos hacia el bien, hacia el conocimiento de la voluntad divina.
El silencio es virtud desde el momento en que se busca, puede no ser fácil, pero provoca la escucha de la voz divina y mueve a la acción de lo que esa voz pide. Es ahí donde ese “Hágase tu voluntad” del Padre Nuestro cobra sentido, porque ahora se está abierto a conocer esa voluntad y dispuesto para hacerla realidad.
Tome, llévese esta oración, y leala cada vez que quiera encontrar el silencio y no lo encuentre. Con el tiempo y con ejercicio lo podrá hacer.

martes, 26 de marzo de 2019

Fragmento inconcluso

Hay tres sillas alrededor de una pequeña mesa, a la derecha está sentado Omar, la del medio está vacía, y a la izquierda María apoya los brazos en el respaldo de la tercer silla mientras permanece de pie detrás de ella.

En ese momento Omar se calla.

María mirando hacia el suelo pensativa, cruza al frente de la silla y se sienta.

- No te entiendo... - dice aún mirando hacia el suelo, como buscando las palabras.
- No entiendo qué es lo que te falta, por qué decís que no estás bien.

 Levanta la mirada, Omar nunca dejó de mirarla a los ojos. Su mirada es triste, de angustia, de vacío, pero no dice nada.

- Te juro que busqué en todo momento poder ayudarte. Se cómo sos y que no te gusta hablar de ciertas cosas pero la verdad es que ya no sé qué hacer... Tenemos la casa, tenemos trabajo, tenemos amigos, familia, salud (Pausa) Llegamos a fin de mes todos los meses.

¿No te gusta tu vida?

***

María no deja de mirar a Omar a los ojos. Hace silencio, esperando una respuesta. Pero Omar no dice nada.
María se levanta, nerviosa, da un par de pasos hacia detrás de la silla y se ubica como al principio.

- ¿Cuándo pasó?¿tenés idea?¿Cuándo te diste cuenta que no eras feliz? (Pausa) Yo te vi, cada vez. Siempre que te quedabas callado, que te agarraba ese ataque de quién sabe qué, donde no sos vos. Donde no sos...

¿Quién sos ahora?

***

- ¿Quién me habla hoy?¿El chico del que me enamoré, o quién?¿Y esto es lo que me venís a decir después de tanto tiempo quedarte callado?

María se mueve hacia la silla del medio, apoya los brazos sobre el respaldo y mira hacia la mesa. Omar se queda mirando la silla vacía frente a él, pensativo, y otra vez, no dice nada.