Un peculiar sujeto se movía variablemente por su universo tridimensional. Oscilaba entre vientos y mareas provenientes de motivos que desconocía, la vida los traía y él se adaptaba, a veces con esfuerzo, a veces sin él. Su existencia era bastante monótona: los días pasan, los cuerpos crecen, los sueños se persiguen y volvemos a dormir hasta otro día u otra noche.
Una noche, sin notarlo, se introdujo en un extraño país al que llamó "El país de los que no se conocen". Un gran dirigente, sentado en su trono conducía el país por oscuros caminos, a veces de modo acelerado, a veces más calmado. En ese país, los habitantes no hablaban entre ellos a menos que quisieran trasladarse de un sitio a otro y necesitaran que les despejen el camino. Los inmigrantes debían pagar tributo para ingresar y todo el tiempo llegaban más y más habitantes, que luego se alejaban y salían del país antes de que les llegara la muerte. Todos convivían pero aparentemente se ignoraban entre sí, sin mirarse a los ojos. Mirarse a los ojos parecía estar prohibido.
Nuestro peculiar sujeto, un tipo sin más ambición que el día a día, encontró en ese nuevo país algo que no había visto nunca antes, un tesoro, pensó él, que estaba en las alturas de ese extraño cielo, y que elevado por sobre las cabezas de los mortales, iluminaba toda la región. Se enamoró de su luz, su brillo, su calidez y quiso poseerlo, llegar a él y apoderárselo. Un infinito amor lleno de codicia llenó su pequeño ser.
Se acercó todo lo que pudo al inmenso techo de ese micromundo finito y mientras más cerca estaba de esa luz más se enamoraba de ella. Era mágica, con el resplandor de mil estrellas lejanas traídas por un dios pagano a los hombres y mujeres que habitaban el País de los que no se conocen. Por fin llegó lo más cerca que pudo a su tesoro anhelado, un campo de fuerza transparente evitaba que los pequeños del mundo pudieran tocarlo. El tesoro estaba resguardado en una jaula que en realidad encerraba a todos los demás vivientes privándolos de la libertad de la luz, como si la malicia del arquitecto lo hubiera colocado a la vista de todos para que quisieran tenerlo pero nunca llegar a él.
Golpeó la barrera que lo alejaba de su tesoro amado tantas veces como pudo. Dio vueltas pensando, tanteando, buscando una entrada, una puerta secreta, algo. Nacía en él la esperanza de que existiese alguna forma de entrar y hacerse uno con esa luz que comenzaba a sentir suya. Se fatigaba buscando, pero pudo encontrarlo al fin. Casi en el límite del mundo la barrera terminaba y dejaba ver la luz en toda su belleza. Nuestro pequeño personaje estalló de entusiasmo al admirar su tesoro desnudo frente a sus ojos y se lanzó hacia él a toda velocidad.
Un ser inerte, pálido pero con la calidez de la vida, regalaba la luz y el calor gratuitamente a todos los habitantes de ese país donde los habitantes ignoraban todo lo que sucedía en esos instantes. Nadie se dio cuenta de que un inmigrante ilegal, que no pagó tributo, se había acercado a su sol y había traspasado la barrera invisible que encerraba ese tesoro el cual los alejaba de las tinieblas. Es que estaban muy ocupados en esquivarse las miradas, en mirar hacia cualquier lado, en sus propios pensamientos y sus mundos mentales de ideas y preocupaciones. O quizá sabían que quien lograba entrar al interior de la barrera tenía muy pocas posibilidades de escapar, quizá sabían que luego de varias generaciones de inmigrantes que llegaron y se fueron, el ladrón seguiría ahí, hipnotizado por la belleza hasta padecer hambre, y que cuando quisiera salir, la desesperación lo llevaría a recorrer otra vez la barrera invisible pero en lugar de ver la luz del mundo de abajo vería a los anteriores ladrones muertos, amontonados unos sobre otros, resecos de hambre y sed o cocinados lentamente por la calidez amistosa de su luz amada, y que aunque escarbara entre los cadáveres del pasado, terminaría como ellos y como los que vendrán después, enamorados de una luz que no los reconocía en una jaula donde ellos mismos se metieron.
Así me pasó con vos, Laura. Hice todo lo posible para romper esa barrera tuya que te alejaba de los demás, y cuando llegué a tu corazón, cálido y resplandeciente, no me reconociste y me dejaste morir, porque yo no pude volver a salir de este amor...