Viento mañanero golpeó su ventana insistentemente y pareció encender la alarma del despertador, porque este comenzó a llamar con fuerza. Matías despertó desconcertado, hace un instante estaba lejos, en la playa que alguna vez visitó y de pronto se encontró en su cama. Al darse cuenta que fue un sueño, se enfado al pensar que otra vez debería pasar por "esa" esquina. Esta idea lo acompañó toda la mañana hasta que salió de su casa.
Se vistió despacio, desayuno despacio y frente a la puerta esperó para salir, no quería ver de nuevo ese lugar que tanto le molestaba. Tanto era así que una mañana había evitado esa esquina rodeando toda la manzana, lo cual le pareció absurdo por la tarde.
Al fin salió, con la vista fija al suelo y la cabeza mirando hacia esa esquina.
Media cuadra antes de llegar a ella, se detuvo en seco. La miró de lejos y pensó. Estaba harto, harto de pasar por ahí todos los días, de ver lo que había allí, de recordar lo que ese lugar le recordaba todas las mañanas de todos los días desde hacía varios meses.
Una lágrima le acarició la mejilla izquierda enfriándolo; apretó los dientes, cerró los puños y se rió de sí mismo: no podía avanzar. Quería gritar, odió el mundo y a sus habitantes y a los vecinos que decidieron instalarse allí, en su barrio. Quedó petrificado un instante. Al tiempo vio que el colectivo que tenía que tomar se acercaba a la parada (a dos cuadras) y se lanzó al trote rápidamente, olvidando su odio, sus lágrimas y su cansancio.
Esa fue la última vez que pasó llorando por allí.
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Por la tarde volvió decidido, no quería sufrir de esa manera absurda ningún otro día de su vida. Fue hasta esa esquina con el ceño fruncido, como enojado, y la miró largo rato. Ahí estaba, la casa contaminando con su blancura el grisáceo del barrio, los dos árboles, que se levantaban como pilares de un portal, ensuciaban el aire con su olor a eucalipto, y en el medio de ellos, una ermita vacía, sin una figura dentro, pero con una inscripción llena de falsedad y dolor.
Suspiró, volvió la cabeza y giró su cuerpo en dirección a su casa. Se alejó.
Suspiró, volvió la cabeza y giró su cuerpo en dirección a su casa. Se alejó.
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Tarde a la noche, oscuro frío de un triste otoño lo bañaba completamente y le helaba el aliento, una capucha cubría su cabeza y su mano se aferraba firme al mango de una maza. En sus oídos sonaba Queen cantándole al oído "Show Must Go On". No quería pensar, ni escuchar, ni detenerse. Sabía que estaba equivocado, sabía que estaba triste y sabía que lo que iba a hacer no cambiaría su realidad, pero aún así siguió adelante.
Llegó a la esquina y se lanzó sobre la ermita, la escupió y la odio como nunca. Tomó su arma con ambas manos y la dejó caer fuerte y rápido haciendo estallar entrañas de cemento y ladrillo que caían sangrando polvo: estaba asesinando una parte de él.
Matías lloraba mientras destrozaba cada trozo que caía, rompiendo la ermita, su pasado y su pena. Las lágrimas le nublaban la vista y le salaban la boca abierta, tenía la nariz tapada y le costaba respirar.
Antes de destruirlo por completo, pudo ver lo que tanto sufrimiento le causaba, el motivo de que esa noche del viernes doce de abril estuviera ahí, gritando como un loco y rompiendo impunemente algo que no le pertenecía pero lo sentía propio. En una parte de la ermita que cayó entera al suelo, pudo leer bien claro y en azul "MATIAS TE AMO SOL".
Una sirena de policía sonó a lo lejos y una luz se encendió dentro de la casa, Matías soltó la maza y corrió a su casa asustado, perdido en confusos recuerdos felices rotos.