viernes, 11 de marzo de 2022

El castillo de las sombras

Caminé por un prado iluminado por el sol, donde florece la Vida, donde vive Dios. Donde las mariposas revolotean sobre verde hierba y los pájaros cantan desde árboles alrededor. Las flores, el viento, todo parecía perfecto.

He pasado la mañana, la tormenta, la noche y la calma, la tarde, la luna y el sol. Y he andado mucho, mucho más de lo que pensé. Pero mi andar se detuvo.

Si bien quedan muchos caminos, el que hoy creo correcto se despliega frente a mí.

Un castillo. Un castillo ensombrecido y opaco, como si una nube le bloqueara el sol en pleno día, me bloquea el paso. Desde dónde estoy llego a percibir la tristeza que despide, cómo tiemblan sus murallas.

¿Qué grandes criaturas se sacuden en su interior? Oigo sus gritos, sus gemidos, sus llantos. Distingo en el aire sus ansias de liberación.

Mi miedo, mi angustia y mi pasado se golpean contra las paredes y las puertas intentando salir. Los fragmentos más oscuros de mi alma buscan liberarse del encierro en que yo los he puesto. Me reclaman vivir, me reclaman ser. 

¿Cómo fue que volví hasta acá? Sé que debo entrar... pero temo.

Tengo la llave en mi poder, mas tengo también el poder para dejar las puertas cerradas y partir... Pero no puedo, siento que estaría mal si no avanzo.

¿Acaso los hados que marcan los caminos decidieron que estoy listo para entrar?

¿O acaso he crecido, me he preparado y me es necesario atravesar las puertas negras de mi más oculto yo?

Se que detrás de esas puertas se esconde la sombra de mi sombra, mi negado yo, una parte de mí que me hace quien soy pero no asimilo.

Estoy convencido de que dentro de esa fortaleza no se permite la luz de la razón, que me moveré a oscuras, entre sombras y entre bestias, entre el fango y las lágrimas, y con el corazón desnudo.

Por eso ruego a Dios que me guarde, a mi amor que me acompañe y a mis amigos que me sostengan. Porque, apretando los dientes para que no tiemblen y pisando firme para no dudar, me acerco y abro la puerta.

¡Aquí voy!

miércoles, 21 de julio de 2021

Adiós querido

No quiero faltarle el respeto a nadie.
Esto lo escribo porque lo necesito, porque el golpe fue más duro de lo que pude soportar,
porque el dolor es más grande de lo que esperaba
porque lo quiero más de lo que pensaba.

Esta es una historia escrita para mí, porque lo necesito. Es una historia tan posible como cualquier otra, y no tiene por qué ser verdad, es para llevar fantasía ahí donde la realidad es oscura y no tiene sentido. Y la publico para no olvidarla nunca.

Dicen algunos que se trata de un túnel oscuro, con una luz blanca al final, hacia la cual uno se aproxima. Dicen otros que es una escalera que lleva a un portón de rejas doradas.
Yo creo que cuando se debe a una enfermedad, uno va por un camino que desciende, la enfermedad lo hace más fácil de recorrer y uno va en bajada y se acerca a una puerta de luz, que es el final del camino.

Creo yo que ahí estaba él, al final del camino, a punto de cruzar la puerta, el día que los doctores nos dijeron "Recen, porque nosotros ya no podemos hacer más". Y así lo hicimos. Rezamos, y pedimos, y otros muchos se sumaron. Y yo creo que sirvió.

Ahí frente a la puerta, Luis escuchó a sus espaldas que lo llamaban: ¡Luiiiiis!¡Luuuuuchi!¡Tíiiio!¡Papá!¡Hijo!¡Mi amor! y no atravesó el portal. Se volteó y volvió sobre sus pasos, pero ahora el camino era en subida.
Entonces el ángel que siempre lo acompañó se le acercó. - ¿A dónde vas? - le preguntó.
- No sé - respondió - Escuché que me llamaban.
- Sí, te llaman, y muchos te esperan - contestó el ángel.
- A donde iba también me esperan - dijo Luis mirando atrás, al portal de luz.

- Allí de donde vienes, donde el tiempo corre, tu familia, tus amigos y los amigos de tus amigos te envían fuerzas para que vuelvas con ellos - contó el ángel.
- Entonces volveré - dijo Luis.
- Es tu decisión, pero es mi deber informarte: ha pasado tiempo.
- ¿Qué significa eso? - preguntó Luis mientras daba pasos largos, levantando mucho las rodillas porque era difícil subir.
- Tu cuerpo ya no está igual, a medida que te alejabas se fue deteriorando y no lo encontrarás tal como lo recuerdas.

- ¿Voy a poder caminar?
- Tomará su tiempo.
- ¿Voy a poder abrazar a los que quiero?
- Con esfuerzo, sí.
- ¿Voy a poder hablar?
- No - contestó el ángel, y Luis detuvo su marcha.
- ¿Podré valerme por mí mismo?
- Sí, pero como dije antes, allí a donde vuelves las cosas toman su tiempo- contestó el ángel - Pasarán años y requerirá esfuerzo, tuyo y de los que te rodean, para recuperar algo de lo que fue la fuerza y el cuerpo que tenías.

Y allí, a medio camino, comenzó una conversación hecha de preguntas y respuestas, donde él preguntaba cómo sería cuando volviera y el ángel respondía sin rodeos.
Mientras tanto yo, lejos, acá donde el tiempo corre, esperaba que las cosas dependieran de mí, y todo se adapte a mi capricho.

- No quiero que mis padres me vean así el resto de sus vidas - dijo Luis - Y no quiero que mis hijos tengan un padre que sufre. Y no quiero que ella deba cuidar de mí tantos años y no poder hacer juntos tantas cosas.
- Es tu decisión -dijo el ángel.
- Quiero que me recuerden como hasta ahora - respondió Luis - que guarden el recuerdo que yo guardo, y se queden con la vida que tuve hasta hoy - y luego añadió - ¿Van a estar bien?
- Depende en gran parte de ellos mismos, pero siempre estarán cuidados, y mientras se mantengan juntos, los podrás acompañar - dijo el ángel - Cuando atravieses el portal, entenderás mejor muchas cosas. No te preocupes.

- Me gustaría ir a decirles, quiero explicarles por qué.
- Si es lo que quieres, vamos. - dijo el ángel - Pero es mi deber otra vez decirte, tu cuerpo está cansado, y no está en una posición cómoda para hablar, es posible que no puedas decir todo lo que quieres.
- No importa, lo quiero intentar.

Y así fue. Luego de casi un mes, Luchi despertó. Y estuvo despierto un día entero en el que no pudo decir una sola palabra. Después volvió a recorrer el camino en bajada, esta vez hasta el final y atravesó esa puerta de luz.


No se qué será de vos, dónde estarás ni qué estarás haciendo, pero te aseguro que vamos a cuidar de tu familia y tus amigos. Y vamos a recordarte siempre como vos querías, con esa sonrisa y ese brillo en la mirada, con esa voz tan dulce, caminando tranquilo y siendo muy feliz.

TE QUIERO, TÍO.





martes, 17 de diciembre de 2019

La sala de las velas

Mi maestro era un hombre de edad avanzada. Él siempre dijo que comenzó su camino verdadero ya de grande, y que había aprendido mucho, pero tuvo que desaprender mucho más.
Un día me enteré que fue un hombre de buena posición, estable y que disfrutaba tranquilamente de sus bienes, con mucha paz y sin demasiadas preocupaciones. Luego, inexplicablemente, había dejado todo para iniciarse en lo que los demás llamaban "el camino de la sabiduría". Y realmente se lo consideraba un sabio en el tiempo en que lo conocí.

Cuando le pregunté qué lo había llevado a esa decisión sucedió lo siguiente:


- Cierra los ojos, y mantenlos cerrados hasta que te lo diga - me dijo y obedecí - Yo te guiaré - añadió.
Con mi mano en su hombro lo seguí a ciegas por el bosque. Era de tarde y hacía calor.

- Cuidado, hay unos escalones - me advirtió y me ayudó a subirlos. Oí una puerta que se abría y si bien tenía los ojos cerrados, pude sentir como todo se oscurecía. Había olor a cera y estaba fresco. Cerró la puerta detrás de nosotros y pude sentir que atravesábamos unas gruesas y pesadas cortinas.

- Aquí puedes sentarte - mis manos tocaron una almohada en el suelo. Me senté - Ya puedes abrir los ojos.

Lo hice pero no noté diferencia, ninguna luz se colaba en la habitación.

- Afuera es de día en este momento. El sol brilla fuerte, ilumina y da vida a todo el bosque - oía su voz frente a mí a unos pocos pasos, noté que también se había sentado.

- Sin embargo, aquí, esa luz no llega, venimos de ella, la conocemos, pero quedó atrás. - continuó - Sin embargo...

Un pequeño destello frente a mí me sobresaltó y seguidamente una vela muy fina en el centro de una mesa entre nosotros comenzó a iluminar la sala en donde estábamos. No era la única, había decenas, quizá cientos de pequeñas velas sobre una mesa ancha y baja.
Algunas velas eran nuevas con su cabo inmaculado, otras estaban muy usadas, hasta había algunas que sólo eran una mancha de cera sobre la mesa, pero de todas sólo una brillaba, llameando, esforzándose por rasgar la oscuridad desde su pequeñez.

- Sin embargo aquí, en este cuarto a oscuras, podemos iluminarnos con una pequeña llama. Una porción de esa gran luz del exterior. Y si bien este cuarto deja de estar en tinieblas, una pequeña vela no es suficiente para iluminarlo todo. Gracias a Dios...

Tomó la vela encendida y la acercó a una de las más cercanas que se encendió y comenzó a brillar.

- ..esta luz puede multiplicarse, puede contagiarse y cuando dos velas se encienden iluminan mucho más.
" Pero cuidado, ninguna de ellas brillará en este cuarto para siempre. Su tiempo es limitado - hizo una pausa - Es necesario encender otras.

Tomó ambas velas y encendió unas cuantas. La claridad aumentó notablemente, incluso pude distinguir los extremos de la mesa a mi derecha y a mi izquierda.

Mi maestro se quedó unos segundos en silencio mirando las pequeñas llamas que iluminaban la sala.

- Mira - me señaló una de las velas más gastadas que había encendido. Ya casi no quedaba más que una mancha derretida y al instante se consumió por completo.

- Esta ha brillado todo lo que ha podido, ya no volverá a iluminar nunca más este cuarto. Y así sucederá con las otras que están encendidas - y las señaló pasando su mano por encima de ellas.

- Cuando la última vela encendida se apague este cuarto volverá a estar en tinieblas y ya no tendrá nada de la gran luz que está afuera. - guardó silencio unos segundos, admirando las pequeñas velas entre nosotros.

- En este mundo hay personas buenas, buenas de verdad. Son como llamas que desgarran hasta la oscuridad más densa. Iluminan con su presencia y hasta curan con sólo hablar con ellas.
"Yo tuve el agrado y la bendición de conocer a algunas cuando ya era grande. Lamentablemente, esas personas no viven para siempre, y cuando dejan este plano hay menos luz en el mundo.

Guardó silencio casi un minuto. Quise hacerle una pregunta, pero me hizo callar con un ademán sin apartar la vista de las pequeñas velas que se consumían. Pasó el tiempo y comprendí cuando la segunda velita se consumió por completo y se apagó.

Continuamos en silencio, viendo cómo se consumían una a una y el cuarto volvía a estar en tinieblas. No pude evitar entristecerme un poco.

Cuando sólo quedaba una volvió a hablar.

- Al conocer a esas personas me enamoré de su brillo, me admiré de su encanto, me inspiraron a querer ser como ellos, me contagiaron su luz - tomó la única vela encendida de la mesa y la sostuvo a la altura de sus ojos con el brazo extendido para que yo la viera.

- Desde entonces, hago todo lo que está a mi alcance para ser luz que ilumina, para contagiar alegría, para dar Amor.
"Sé que mi tiempo es limitado, y que cuando la última luz se apague sin haber podido contagiar a nadie más, el cuarto quedará en tinieblas - dijo y sopló.

lunes, 16 de septiembre de 2019

Para escuchar a Dios

Una mujer muy devota escuchó acerca de un viejo curita ya jubilado que vivía en las cercanías de su casa. Un día se le ocurrió visitarlo debido a una gran pregunta que la incomodaba.
Luego de las presentaciones, la mujer sin vueltas preguntó:
-¿Cómo puede una conocer la voluntad de Dios en su vida? ¿cuál es la voluntad de Dios en cada momento de mi vida? Y me refiero, fuera de la iglesia.

El curita sonrió y le dijo:
- Mi niña, creo que usted sabe la respuesta, pero le diré: La primera voluntad de Dios es que hagamos el bien y evitemos mal. Y es por eso mismo que ha depositado en lo más profundo de nuestra conciencia esa ley interior que nos invita a buscar esos objetivos en cada uno de nuestros actos.
Así, Dios nos habla desde esa ley interior, Dios nos habla desde nosotros mismos.

- ¿Y cómo hago para escuchar esa voz?- preguntó la mujer.

-Si uno se propone ser un buen profesional, debe prestar atención a las lecciones, a las clases o charlas. Se precisa de una escucha atenta y silenciosa. De la misma manera ocurre con esa voz interior de Dios que nos habla a cada momento.

La mujer sonrió:- Entonces padre, ¿sólo tengo que prestar atención y estar en silencio y podré escuchar?

-Exacto. Busque estar en comunión con Dios a través del silencio interior y Él le hablará desde el corazón.

La mujer agradeció su consejo al curita y se fue contenta y esperanzada.
Sin embargo, a los pocos días volvió a visitar al curita con cara de resignación.


-Padre, he encontrado muchas, demasiadas dificultades para percibir esa voz interior de Dios que nos habla.

-Cuéntame, mi niña, ¿por qué dices eso?

-POrque no he podido encontrar silencio fuera de la iglesia. ¿Cómo escuchar la voz de Dios cuando en todos lados reina el rumor, el barullo, el ruido? No encontré silencio para mis oídos, silencio para mis ojos, ni mucho menos un silencio interior.

-¿Cómo ha podido ser eso? Explícame, por favor, qué te ha pasado-el curita escuchaba tranquilo y atento lo que le decía la mujer.

-¡Ay, padre!¡Cómo invaden el interior las imágenes, los anuncios, la publicidad y la televisión haciendome incapaz de poder calmar la mente para abstraerme, escuchar y meditar! ¡Cuánto lugar ocupan en la cabeza canciones, estribillos, música…! ¿Conoce esa canción que dice "Te pintaron pajaritos en el aire, te juraron falso amor y lo creiste"?

El curita rió - La verdad que no, hija. No salgo mucho.

-Bueno, yo estoy cansada de escucharla ya. ¡Cuánto ruido a los ojos, a los oídos, en el interior! ¿Sabe qué me di cuenta? Parece que hay una cierta incapacidad de vivir sin imágenes, sin sonidos; parece que se tiene miedo al silencio, miedo, en definitiva, a Dios.

-M'hijita, si escucharan a Dios, todo sería más colorido, más bonito. NO hay por qué temerle al silencio.

-Lo se, padre. Pero se hace difícil. Es más, parece ya irreversible, esa renuncia al silencio está plasmada en los anuncios que pululan por las avenidas, en la televisión, en las paredes; reflejada en el afán excesivo y obsesivo de permanecer conectados a internet, a las redes sociales; la música siempre presente en coches, remises, casas, en los auriculares cuando viajamos, y hasta en las salas de espera en clínicas y consultorios. Y también esa renuncia al silencio manifestada en el uso constante e innecesario de teléfonos celulares. Si hasta incluso yo cuido que mi celular no se quede sin batería como cuido de que a mi hijo no le falte nada. 

-Tranquila, no todo está perdido.

-¿Usted cree que hay algo que pueda hacer?¿O debo resignarme enterrar esa voz dentro de mí?

-De ninguna manera hay que resignarse- contestó el curita lentamente- No tema, la gente podrá no querer escuchar a Dios, pero Él es paciente, y nunca se cansa de golpear a nuestra puerta. Sólo hay que adquirir la virtud del silencio.

-¿Qué es la virtud del silencio, padre?

-La virtud no es maś que el trabajo basado en la adquisición de buenos hábitos. Por eso, debe buscar el silencio de los ojos, que invita a ver lo que necesariamente se debe ver y no lo que pueda robarnos la paz o causar que distraiga la atención de lo esencial. También, el silencio de los oídos que nos motive a prescindir de la música, de los ruidos y los malos pensamientos, para poder estar atentos a esa sonora voz que quiere retumbar en nuestro ser y orientarnos hacia el bien, hacia el conocimiento de la voluntad divina.
El silencio es virtud desde el momento en que se busca, puede no ser fácil, pero provoca la escucha de la voz divina y mueve a la acción de lo que esa voz pide. Es ahí donde ese “Hágase tu voluntad” del Padre Nuestro cobra sentido, porque ahora se está abierto a conocer esa voluntad y dispuesto para hacerla realidad.
Tome, llévese esta oración, y leala cada vez que quiera encontrar el silencio y no lo encuentre. Con el tiempo y con ejercicio lo podrá hacer.

martes, 26 de marzo de 2019

Fragmento inconcluso

Hay tres sillas alrededor de una pequeña mesa, a la derecha está sentado Omar, la del medio está vacía, y a la izquierda María apoya los brazos en el respaldo de la tercer silla mientras permanece de pie detrás de ella.

En ese momento Omar se calla.

María mirando hacia el suelo pensativa, cruza al frente de la silla y se sienta.

- No te entiendo... - dice aún mirando hacia el suelo, como buscando las palabras.
- No entiendo qué es lo que te falta, por qué decís que no estás bien.

 Levanta la mirada, Omar nunca dejó de mirarla a los ojos. Su mirada es triste, de angustia, de vacío, pero no dice nada.

- Te juro que busqué en todo momento poder ayudarte. Se cómo sos y que no te gusta hablar de ciertas cosas pero la verdad es que ya no sé qué hacer... Tenemos la casa, tenemos trabajo, tenemos amigos, familia, salud (Pausa) Llegamos a fin de mes todos los meses.

¿No te gusta tu vida?

***

María no deja de mirar a Omar a los ojos. Hace silencio, esperando una respuesta. Pero Omar no dice nada.
María se levanta, nerviosa, da un par de pasos hacia detrás de la silla y se ubica como al principio.

- ¿Cuándo pasó?¿tenés idea?¿Cuándo te diste cuenta que no eras feliz? (Pausa) Yo te vi, cada vez. Siempre que te quedabas callado, que te agarraba ese ataque de quién sabe qué, donde no sos vos. Donde no sos...

¿Quién sos ahora?

***

- ¿Quién me habla hoy?¿El chico del que me enamoré, o quién?¿Y esto es lo que me venís a decir después de tanto tiempo quedarte callado?

María se mueve hacia la silla del medio, apoya los brazos sobre el respaldo y mira hacia la mesa. Omar se queda mirando la silla vacía frente a él, pensativo, y otra vez, no dice nada.


lunes, 26 de febrero de 2018

Asesinos iniciales

Seres irresolutos se lanzan a infiernos desconocidos desde realidades impensadas, viniendo de un más allá infinito. Divididos en dos, una mitad descansa, y aguarda la triunfal llegada de su par buscado, como un enamorado que ansía la venida de su amada.

En explosiones incomprendidas desbordadas de silencio, caen casi azarosamente, sin hacer ruido, y aterrizan en cuevas oscuras pobladas de emociones.
Poco a poco, nuevos sentidos se le agregan a su existencia, como si la existencia misma tuviera algún sentido.

Pero los terrores y los miedos se transmiten con el tacto, y los jueces que no aman no diferencian la crueldad. La condena no es muy clara, quizá devolverlos al más allá.

¿Qué pensabas cuando saltaste? Una victoria no es trinfar.

La inocencia se comparte, pero la culpa mucho más.
No es que seamos culpables, es que yo soy tu papá.

No pienses cuando hables, sino reflexionás antes de actuar.

Una daga entre las intenciones tras la fina seda de la moral que se resquebraja entre los llantos que nunca nadie jamás oirá. El helado aullido que contagia los miedos despierta las furias sin nadie a quien atacar y se vuelven contra uno mismo, si es que "eso" es un "yo" más.

Ya no me importa, ya no lo sé.
Quizá lo sienta, pero lo olvidaré.

Por eso yo te condeno y te señalo, porque puedo y porque es verdad.
Con mis deseos te apuñalo y te lo digo: Ya no nacerás.

jueves, 6 de abril de 2017

Cuánta Alegría

Celebra alzando la copa frente al televisor.

"¡Eso es lo que se merecen!" grita festejando el progreso: el enemigo está siendo derrotado.

Él, gente de bien, sabe qué es lo correcto. No le cabe duda alguna de su juicio. Ya hace poco caminó junto a otros hombres y mujeres que entienden el motivo del presente padecer: "ellos", "los otros". Inhumanos, ignorantes, inferiores. Gusanos de la sociedad que se alimentan del fruto del trabajo ajeno. Los que están del otro lado.

Mientras tanto, por TV, hombres con sus rostros disfrazados de uniforme combaten en campo abierto contra hombres cubiertos con pañuelos. El que gane la riña será un ganador televisivamente reconocido. ¿Y acaso no es eso lo más importante?

Las banderas y remeras retoman la calle a fuerza de piedrazos y empujones. Y a él se le revuelve el estómago. "¡No lo permitan!" Se levanta de su silla asustado. Es el reflejo de lo que está bien, no pueden impedir que los hombres y mujeres como uno circulen libremente. Ellos son la opresión, los que se quejan quién sabe de qué.

 Llegan refuerzos motorizados con cañones dispuestos. Se relaja.

La sangre salpica el pavimento, pero él no le presta atención, es una consecuencia. "Se lo buscaron". "¿Eso es lo que querían? Ahí tienen"."No son inocentes, ningún inocente va armado con palos y piedras".

Otra vez los escudos toman el control. Empujan, empujan a lo más despreciable de la sociedad a donde pertenece, al costado. Fuera del camino del bien. "Ojalá aprendan".

Huyen, huyen y él sonríe. Cuánta felicidad le da esa victoria. "El ejército hizo lo que debía". Y se dice así mismo "Hacía falta una medida de fuerza y la gente compartía esa visión. Si nosotros no lo hacíamos, el vacío de poder iba a ser aprovechado por la subversión para llegar al poder y ocupar todo el espacio dejado por otros. Así de sencillo".

Mientras escucha los comentarios al respecto, no sé si lo ignora, o hace de cuenta que no se da cuenta, pero desde lejos, muy de lejos, se ve: nadie ganó este día.