Una mujer muy devota escuchó acerca de un viejo curita ya jubilado que vivía en las cercanías de su casa. Un día se le ocurrió visitarlo debido a una gran pregunta que la incomodaba.
Luego de las presentaciones, la mujer sin vueltas preguntó:
-¿Cómo puede una conocer la voluntad de Dios en su vida? ¿cuál es la voluntad de Dios en cada momento de mi vida? Y me refiero, fuera de la iglesia.
El curita sonrió y le dijo:
- Mi niña, creo que usted sabe la respuesta, pero le diré: La primera voluntad de Dios es que hagamos el bien y evitemos mal. Y es por eso mismo que ha depositado en lo más profundo de nuestra conciencia esa ley interior que nos invita a buscar esos objetivos en cada uno de nuestros actos.
Así, Dios nos habla desde esa ley interior, Dios nos habla desde nosotros mismos.
- ¿Y cómo hago para escuchar esa voz?- preguntó la mujer.
-Si uno se propone ser un buen profesional, debe prestar atención a las lecciones, a las clases o charlas. Se precisa de una escucha atenta y silenciosa. De la misma manera ocurre con esa voz interior de Dios que nos habla a cada momento.
La mujer sonrió:- Entonces padre, ¿sólo tengo que prestar atención y estar en silencio y podré escuchar?
-Exacto. Busque estar en comunión con Dios a través del silencio interior y Él le hablará desde el corazón.
La mujer agradeció su consejo al curita y se fue contenta y esperanzada.
Sin embargo, a los pocos días volvió a visitar al curita con cara de resignación.
-Padre, he encontrado muchas, demasiadas dificultades para percibir esa voz interior de Dios que nos habla.
-Cuéntame, mi niña, ¿por qué dices eso?
-POrque no he podido encontrar silencio fuera de la iglesia. ¿Cómo escuchar la voz de Dios cuando en todos lados reina el rumor, el barullo, el ruido? No encontré silencio para mis oídos, silencio para mis ojos, ni mucho menos un silencio interior.
-¿Cómo ha podido ser eso? Explícame, por favor, qué te ha pasado-el curita escuchaba tranquilo y atento lo que le decía la mujer.
-¡Ay, padre!¡Cómo invaden el interior las imágenes, los anuncios, la publicidad y la televisión haciendome incapaz de poder calmar la mente para abstraerme, escuchar y meditar! ¡Cuánto lugar ocupan en la cabeza canciones, estribillos, música…! ¿Conoce esa canción que dice "Te pintaron pajaritos en el aire, te juraron falso amor y lo creiste"?
El curita rió - La verdad que no, hija. No salgo mucho.
-Bueno, yo estoy cansada de escucharla ya. ¡Cuánto ruido a los ojos, a los oídos, en el interior! ¿Sabe qué me di cuenta? Parece que hay una cierta incapacidad de vivir sin imágenes, sin sonidos; parece que se tiene miedo al silencio, miedo, en definitiva, a Dios.
-M'hijita, si escucharan a Dios, todo sería más colorido, más bonito. NO hay por qué temerle al silencio.
-Lo se, padre. Pero se hace difícil. Es más, parece ya irreversible, esa renuncia al silencio está plasmada en los anuncios que pululan por las avenidas, en la televisión, en las paredes; reflejada en el afán excesivo y obsesivo de permanecer conectados a internet, a las redes sociales; la música siempre presente en coches, remises, casas, en los auriculares cuando viajamos, y hasta en las salas de espera en clínicas y consultorios. Y también esa renuncia al silencio manifestada en el uso constante e innecesario de teléfonos celulares. Si hasta incluso yo cuido que mi celular no se quede sin batería como cuido de que a mi hijo no le falte nada.
-Tranquila, no todo está perdido.
-¿Usted cree que hay algo que pueda hacer?¿O debo resignarme enterrar esa voz dentro de mí?
-De ninguna manera hay que resignarse- contestó el curita lentamente- No tema, la gente podrá no querer escuchar a Dios, pero Él es paciente, y nunca se cansa de golpear a nuestra puerta. Sólo hay que adquirir la virtud del silencio.
-¿Qué es la virtud del silencio, padre?
-La virtud no es maś que el trabajo basado en la adquisición de buenos hábitos. Por eso, debe buscar el silencio de los ojos, que invita a ver lo que necesariamente se debe ver y no lo que pueda robarnos la paz o causar que distraiga la atención de lo esencial. También, el silencio de los oídos que nos motive a prescindir de la música, de los ruidos y los malos pensamientos, para poder estar atentos a esa sonora voz que quiere retumbar en nuestro ser y orientarnos hacia el bien, hacia el conocimiento de la voluntad divina.
El silencio es virtud desde el momento en que se busca, puede no ser fácil, pero provoca la escucha de la voz divina y mueve a la acción de lo que esa voz pide. Es ahí donde ese “Hágase tu voluntad” del Padre Nuestro cobra sentido, porque ahora se está abierto a conocer esa voluntad y dispuesto para hacerla realidad.
Tome, llévese esta oración, y leala cada vez que quiera encontrar el silencio y no lo encuentre. Con el tiempo y con ejercicio lo podrá hacer.