Seres irresolutos se lanzan a infiernos desconocidos desde realidades impensadas, viniendo de un más allá infinito. Divididos en dos, una mitad descansa, y aguarda la triunfal llegada de su par buscado, como un enamorado que ansía la venida de su amada.
En explosiones incomprendidas desbordadas de silencio, caen casi azarosamente, sin hacer ruido, y aterrizan en cuevas oscuras pobladas de emociones.
Poco a poco, nuevos sentidos se le agregan a su existencia, como si la existencia misma tuviera algún sentido.
Pero los terrores y los miedos se transmiten con el tacto, y los jueces que no aman no diferencian la crueldad. La condena no es muy clara, quizá devolverlos al más allá.
¿Qué pensabas cuando saltaste? Una victoria no es trinfar.
La inocencia se comparte, pero la culpa mucho más.
No es que seamos culpables, es que yo soy tu papá.
No pienses cuando hables, sino reflexionás antes de actuar.
Una daga entre las intenciones tras la fina seda de la moral que se resquebraja entre los llantos que nunca nadie jamás oirá. El helado aullido que contagia los miedos despierta las furias sin nadie a quien atacar y se vuelven contra uno mismo, si es que "eso" es un "yo" más.
Ya no me importa, ya no lo sé.
Quizá lo sienta, pero lo olvidaré.
Por eso yo te condeno y te señalo, porque puedo y porque es verdad.
Con mis deseos te apuñalo y te lo digo: Ya no nacerás.