Celebra alzando la copa frente al televisor.
"¡Eso es lo que se merecen!" grita festejando el progreso: el enemigo está siendo derrotado.
Él, gente de bien, sabe qué es lo correcto. No le cabe duda alguna de su juicio. Ya hace poco caminó junto a otros hombres y mujeres que entienden el motivo del presente padecer: "ellos", "los otros". Inhumanos, ignorantes, inferiores. Gusanos de la sociedad que se alimentan del fruto del trabajo ajeno. Los que están del otro lado.
Mientras tanto, por TV, hombres con sus rostros disfrazados de uniforme combaten en campo abierto contra hombres cubiertos con pañuelos. El que gane la riña será un ganador televisivamente reconocido. ¿Y acaso no es eso lo más importante?
Las banderas y remeras retoman la calle a fuerza de piedrazos y empujones. Y a él se le revuelve el estómago. "¡No lo permitan!" Se levanta de su silla asustado. Es el reflejo de lo que está bien, no pueden impedir que los hombres y mujeres como uno circulen libremente. Ellos son la opresión, los que se quejan quién sabe de qué.
Llegan refuerzos motorizados con cañones dispuestos. Se relaja.
La sangre salpica el pavimento, pero él no le presta atención, es una consecuencia. "Se lo buscaron". "¿Eso es lo que querían? Ahí tienen"."No son inocentes, ningún inocente va armado con palos y piedras".
Otra vez los escudos toman el control. Empujan, empujan a lo más despreciable de la sociedad a donde pertenece, al costado. Fuera del camino del bien. "Ojalá aprendan".
Huyen, huyen y él sonríe. Cuánta felicidad le da esa victoria. "El ejército hizo lo que debía". Y se dice así mismo "Hacía falta una medida de fuerza y la gente compartía esa visión. Si nosotros no lo hacíamos, el vacío de poder iba a ser aprovechado por la subversión para llegar al poder y ocupar todo el espacio dejado por otros. Así de sencillo".
Mientras escucha los comentarios al respecto, no sé si lo ignora, o hace de cuenta que no se da cuenta, pero desde lejos, muy de lejos, se ve: nadie ganó este día.
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