Ayer no vine porque me quedé dormido. Le cuento.
Me despierto a eso de las 11:00 con hambre. Decido cocinar pizza para comer.
No se amasar, compro prepizza. Busco el abridor, dentro de la lata encuentro una oreja, mi abuela grita. Se me cae el tomate, y la sangre brota de cuchillo que corta el queso. Mi hermana asesina danzante con auriculares, aislada de todo y yo pienso en el porvenir mientras cae jugo de tomate frío.
Susurra un canario desde mi ventana: "¿Lucas?" me dice. Abro la puerta y entra, ¡es Miguel! Tan chiquito no lo reconocía. Enciende la tele y espera hambriento. "Lo mejor que me pudo pasar en el viaje fue mirarte y seguir" le digo a mi ventana, pero el paisaje no me oye. La abuela se calla, también tiene hambre.
El horno larga niebla y se abre, el calor hace sudar mi frente. Sale una grande muzzarella o mozarela o como se diga. La hoja se hunde sin piedad y descuartiza su presa en ocho pedazos. El sol entra por la ventana y se sienta en el sillón. Ya nada me sorprende, demasiada hambre.
Se incendian las cortinas, empiezan las corridas y mi porción se desliza entre mis dedos. Miguel sale volando, mi hermana baila ska hasta la puerta y mi abuela se duerme en el sofá.
La ventana me responde, pero no importa lo que dijo.
Lo importante, señorita es que no hice la tarea porque el techo se cayó.
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